Posteado por: lpadillakeen | 4 abril, 2010

VIERNES SANTO

Un buen amigo Puerto Riqueño accedió a que publicara sus comentarios acerca de un Viernes Santo en su pueblo de Comerío, Puerto Rico, y me pareció muy buEna idea, pues aunque soy venezolana de alguna manera me transportó a mi Venezuela, en Semana Santa, en medio de las procesiones y el Vía Crucis, el calor y la compañía de otros que como yo celebrábamos un dia tan solemne como es para nosotros los Católicos, el Viernes Santo: 

Recuerdos de un Viernes Santo en Comerío

“Pueblo chico y pintoresco, cortado a patrón Boricua

En el lienzo en que te pintas, cual polícrono arabesco,

A ti mis versos ofrezco, fruto de mi inspiración

Salidos del corazón, humildes, cual mi bagaje

En ellos va este homenaje, pletórico de emoción”

(Agapito “El Boss” Dávila)

Había culminado el Jueves Santo, el llamado por excelencia “Día del Amor Fraterno”. Terminaba una jornada inundada de velas en las iglesias, de azucenas, amapolas, jazmines y rosas, cuyos olores perfumaban por doquier. El pueblo había acudido a visitar a Cristo en los monumentos tradicionales. Día de emoción… cuando el pueblo se entregaba enmudecido y tranquilo, sin ruidos ni muchos carros en las calles, propio de unas conmemoraciones de silencio y de amor a Cristo en la Eucaristía.
 
El Viernes Santo amanecía entre luces de quietud. En esa madrugada, Cristo, el Buen Pastor, salía procesionalmente desde la Iglesia del Santo Cristo de la Salud, a hombros de penitentes, con su cofradía de la Santa Cruz y el Santo Entierro. Eran momentos de emoción al ver al Cristo, con el telón de fondo de sus casas antiguas y nubes luminosas, desde la plaza del pueblo. Cristo, el Buen Pastor, en el frío Gólgota, acompañado de su Madre Dolorosa, el discípulo predilecto Juan y la pecadora arrepentida María Magdalena. Cristo, el Buen Pastor, en una madrugada silenciosa, con el acompañamiento de familias devotas del pueblo, de tradición de generaciones. Sin música, ni griterío de gente, sólo se camina en un Vía Crucis, donde el olor a incienso hace elevar los corazones, a la vez que me trae recuerdos de lo que había sucedido en una Jerusalén que días antes de morir aclamaba con Hosannas a su Cristo Rey.
 
Comerío en Viernes Santo era un pueblo de oraciones y recuerdos, así está grabado en mi mente. Nada alteraba el silencio casi sepulcral de un pueblo que vivía los momentos más importantes de la Pasión. Llegaba el mediodía… de la iglesia del Santo Cristo partía la procesión de una hermosa imagen de la Soledad de algún prestigioso artista. De nuevo, el impresionante silencio en el acompañamiento de un pueblo que sabe de amores para la Virgen María. La tradición hace que la imagen haga un descanso en la calle Georgetti, donde hay unos bares, puntos de confluencia del pueblo.  No sé si aún hoy día, en esa parada, la banda municipal entona canciones referentes a una vida nueva en Cristo.
 
La tarde caía y en todas las iglesias se escuchaban el Sermón de las Siete Palabras y los oficios del Viernes Santo al sonido de las matracas. Las campanas no se oirían hasta la Resurrección. En el crepúsculo de la tarde, cuando el sol caía, la Procesión Magna partía de la parroquia del Santo Cristo, con imágenes que nos van hablando del Vía Crucis que sufrió Cristo en su Ascensión al Calvario. Los Padres Dominicos administraban la parroquia y cuidaban celosamente las tradiciones que desde siglos existían en ella, como el culto a los Santos Varones San José y San Judas Tadeo, de gran fervor en los barrios, pues para los habitantes del pueblo era la parroquia, su vida, su centro neurálgico y su casa de oración.
 
El Santo Entierro recorría las calles aledañas hasta las de José Vega, Georgetti y la plaza pública. Era un día inolvidable. Se podía ver una de las más hermosas Dolorosas y un sepulcro de un color de oro, orgullo de los habitantes del pueblo.
 
Se hacía la noche y llegaba el recogimiento de lo que se había vivido y luego, la procesión del Retiro. A medianoche, la Orden de Dominicos inspiraba silencio. No había cofradías, ni velas, solamente el pueblo fundido con la Dolorosa, que al pie de la Cruz había visto expirar a su hijo. ¡Qué dolor para una madre! El Viernes Santo había terminado. Son recuerdos imperecederos de la catolicidad de un pueblo de humilde bagaje y con grandes raíces históricas de devoción y entrega.
 
Oh! Comerío, te añoro, amo tus costumbres, tus calles, tus barrios, tu gente, me haces falta, te sueño en mis días de soledad… los recuerdos de mi niñez son un tesoro escondido en lo más íntimo de mi corazón. Gracias Comerío, por dejarme nacer en tu suelo y por darme ese amor que mi corazón siente por tí. El día que el Creador me llame a su morada, Comerío, déjame descansar en tu bendita tierra. 
 
© El Jíbaro de Río Hondo


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