Posteado por: lpadillakeen | 10 mayo, 2010

Compartiendo la Buena Nueva del Señor

Libro de los Hechos de los Apóstoles 16,11-15.

Nos embarcamos en Tróade y fuimos derecho a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis.  De allí fuimos a Filipos, ciudad importante de esta región de Macedonia y colonia romana. Pasamos algunos días en esta ciudad, y el sábado nos dirigimos a las afueras de la misma, a un lugar que estaba a orillas del río, donde se acostumbraba a hacer oración. Nos sentamos y dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí.  Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo.  Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: “Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa”; y nos obligó a hacerlo.

No sé por qué pero me llamó la atención eso de que Lidia fuera negociante en púrpura y lo investigué.  La tela púrpura en los tiempos de Jesús era muy valiosa y solo aquellos con dinero y posición podían obtener la tela o la ropa hecha con esta tela.  Es por esto que le es posible invitarlos a alojarse en su casa, ya que es una mujer con dinero y posesiones, y conoce a los ricos y poderosos, deducción que hago ya que debía tener dinero suficiente para poder comprar la mercancía y poder venderla, en esos tiempos cosa muy difícil para un individuo e imposible para una mujer. 

Eran varios ya que Pablo había recogido a Timoteo en Derbe, en otras traducciones nos dicen que ‘a un lugar que estaba a orillas del rio, donde era de suponer que los judíos se reunían a orar’, normalmente, me imagino, que earn unos cuantos que se reunian a orar, así que yo veo unos cuantos más y es así que podemos contar por lo menos más de seis como mínimo, ya que nos dicen que su familia estaba allí.   Tambien debemos tomar en cuenta quien era Pablo para ellos antes de que fuera su predicador, un perseguidor de cristianos con fama de ser muy severo en sus acciones.

Ella adoraba a Dios… y ahora adora a Jesús y su entusiasmo era tal que los invita a su casa, incluyendo a Pablo.  ¿Cómo es nuestro entusiasmo?  ¿Es nuestro entusiasmo tal que queremos que otros se convenzan de nuestra conversión? O ¿estamos tan cerrados al Espíritu que ni pensamos en ello?

Tenemos que dejar ver nuestro entusiasmo por el Señor, invitar a otros, orar con otros, para que así podamos proclamar la Buena Nueva de Jesucristo, no solo en palabras sino en acciones, como Lidia, que de inmediato abrió su hogar a otros con tanta insistencia que se sintieron obligados.

Jesús, nuestro hermano y guía, dirige nuestras acciones, para que así podamos abrir nuestros corazones y nuestros hogares como sitios de oración y de proclamación de tu Buena Nueva.


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